La ciudad como un ser vivo

Por Ramón Pendones de Pedro, arquitecto-urbanista, MBA, vicepresidente de OPB Arquitectos Costa Rica

El año pasado tuvimos la oportunidad de viajar a Antigua Guatemala con una serie de colegas de otras organizaciones no gubernamentales que, al igual a la que representamos allá -Aconvivir-, trabajamos arduamente en reducir la siniestralidad vial en Iberoamérica.

Nuestra labor la ejercemos a través de varios frentes de acción y entre ellos está el de la promoción de una movilidad segura, inclusiva y sostenible. Es bien sabido que uno de los mas graves problemas que tienen las ciudades en la actualidad, es el de la movilidad urbana o mas bien, el problema es la inmovilidad que vivimos en el tránsito, es decir, la ausencia de dicha movilidad segura, inclusiva y sostenible.

Y Antigua Guatemala no se libra del problema de una movilidad mal entendida y peor resuelta. Esa movilidad enfocada en darle prioridad y privilegios al automóvil particular como centro de toda respuesta a los problemas de transporte de personas dentro de una urbe. Sin embargo, la alcaldesa de esta hermosa ciudad colonial, la arquitecta Susana Asensio, tiene claro que por ese camino no se llega a ningún lado mas que a mayores problemas de atascos, contaminación y violencia vial.

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En aquella oportunidad, cuando la señora alcaldesa nos recibió, hizo una breve reflexión sobre su visión de cómo funciona una ciudad, haciendo uso de un paralelismo con el cuerpo humano. Y esta comparación, ciertamente, nos pareció muy apropiada porque está claro que una ciudad es mucho mas que los materiales inertes con lo que están conformadas sus calles, edificaciones y espacios públicos en general.

En principio, una ciudad la conforman sus habitantes que para residir en este “ecosistema”, necesitan contar con una serie de inmuebles e infraestructura que faciliten las interacciones entre las personas. Pero nunca las ciudades deben verse, planificarse y construirse, exclusivamente, como la materialización de dichas interacciones.

Es por ello qué, si retomamos el paralelismo que nos planteó la Arquitecta Asensio, podríamos asegurar que una ciudad realmente es un ser vivo porque cumple con el ciclo de vida que cualquier organismo sobrelleva a través de su existencia: nace, crece, se reproduce y muere.

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De todos los estados anteriores, el que probablemente nos cause mayor escepticismo que suceda, es el de la reproducción. Sin embargo, si bien no existe una interacción entre seres de sexos opuestos, la reproducción de la ciudad es un proceso orgánico y endógeno. Aunque en muchos casos esta reproducción es inducida por políticas públicas de desarrollo urbano por parte de nuestros gobernantes, es decir por los tecnócratas de turno.

Pero para no desviarnos del tema principal, también podríamos establecer qué dentro de ese organismo viviente, existen componentes en las ciudades, muy similares a los del cuerpo humano. Este es el caso de las vías públicas -calles y avenidas- que funcionan como las venas y arterias de nuestro sistema circulatorio.

Al igual que las venas y arterias son las encargadas de transportar el oxigeno y los nutrientes a los diferentes sistemas y órganos de nuestro cuerpo, las calles y avenidas en las ciudades, conforman la estructura primaria sobre la cual se organiza la trama urbana, de tal manera, que los productos y servicios necesarios para nuestra vida en comunidad, puedan llegar a cada uno de habitantes.

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Entonces, si queremos tener ciudades saludables lo primero que debemos mejorar es nuestro sistema circulatorio el cual, además de que debe ser fluido y sin obstáculos, debe poder llegar hasta la última de las células, es decir qué en nuestro ejemplo, las calles y avenidas deben ser accesibles a todos los habitantes de una ciudad, independientemente de su condición y ubicación dentro de este complejo sistema en el que nos hemos organizado como sociedad.

Y al igual que un sistema circulatorio sano, nuestra red vial debe tener la fluidez, la flexibilidad y versatilidad necesarias para que pueda cumplir con su objetivo de llegar hasta el sitio más recóndito de una ciudad. Es imprescindible, entonces, que este sistema sea variado en su oferta y multimodal en su operación.

Es decir, que no solo se enfoque en la movilidad a partir de la supremacía del automóvil particular, sino que su abanico de opciones se amplíe y se democratice, promoviendo otros sistemas mas eficientes, sostenibles, seguros e inclusivos, como lo son el transporte público masivo (Buses, BRTs, trenes, tranvías, metros, etc.) y la movilidad no motorizada (Caminar, andar en bicicleta, patines “scooter”, etc.)

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Si resolvemos los problemas circulatorios básicos de nuestras urbes propulsando una movilidad basada en el transporte masivo de las personas y no en el tránsito eficaz de las cápsulas de egoísmo (léase los vehículos particulares), alcanzaremos el primer paso hacia la “humanización” de las ciudades.

Una vez ahí, podemos proseguir con la depuración de otros sistemas u organismos. Al igual que la actividad física y mental es imprescindible para el buen funcionamiento de nuestros cuerpos, el espacio público traerá los mismos resultados que el deporte, la recreación y la cultura en nuestras comunidades.

En definitiva, debemos atender los problemas de nuestras ciudades y la solución de los mismos, desde la óptica homo-centrista, en donde las personas que habitan las ciudades, son las células de un organismo a las que debemos enfocar nuestras energías y esfuerzo.

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